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La Coctelera

Pamplinas y Alarmas

28 Noviembre 2009

Escrito el: 28 nov 2009 @ 11:16 AM

Tags: amor

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L'amour

Veo el amor y soy yo, contigo. Dices que no te acuerdas de mi cuerpo de un día para otro, en el buen sentido.

Veo el amor y eres tú, conmigo. Encajas tu boca en cada esquina, mientras yo te miro en el espejo.

Veo el amor y te miro a ti.
Es simple.
Es precioso.
Es la misma cosa.

20 Octubre 2009

Escrito el: 20 oct 2009 @ 07:56 PM

Tags: salto

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Vicio

Me he reído con una carcajada descomunal cuando he enunciado en voz alta que, contra todos mis pronósticos fatalistas, me han llamado para hacer una prueba de nivel. Entonces he salido corriendo a ver a mi amiga Lucía, que habíamos quedado, y he cogido mis apuntes para estudiar en el metro pero aún no los he abierto, y he vuelto desahogada, mucho más tarde de lo que planeé, hablando con ella a la vuelta (con Ramón Arangüena mirándonos de reojo), de lo poco que importa, en realidad, la seguridad en uno mismo salvo para, precisamente, uno mismo. También apuntaba ella sobre lo que somos y lo que hacemos, sobre ser automática cuando vienen las adicciones arraigadas, y al final, cuando he vuelto a casa y se ha puesto a llover, me he comido un melocotón afeado por su piel pero tierno por dentro, muy amarillo, muy simbólico. También me he permitido cuatro cuadritos más de chocolate con la excusa de que necesito energía, y acto seguido me he dado cuenta de que si no me dieran el trabajo (y se cumplieran todos mis pronósticos fatalistas) también sería genial porque lo quiero y no lo quiero al mismo tiempo, por razones muy diferentes y reconocidamente válidas. Así que tengo doble ventaja, pase lo que pase, estará muy bien.

15 Septiembre 2009

Escrito el: 15 sep 2009 @ 07:56 AM

Tags: karma

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Suerte

- Espera, tengo algo en el pie, voy a ver.
- Pero no dejes de mirar a la carretera, que vamos muy rápido.
- No, tranquila, sólo será un momento. Aprovecho ahora que viene una recta.
- Bueno...

Y la recta se vuelve curva y apenas puedo hablar. Salimos disparados volando, y me quedo agarrada a tu brazo pensando que vamos a caer, con los ojos cerrados.

- Vamos a morir, ¿verdad?
- Sí.
- Joder.
- Un momento, espera... No me lo puedo creer.

Abro los ojos y compruebo que el coche no ha bajado ni un metro, se mantiene a la misma altura que la carretera de la que venimos. Poco a poco, muy lentamente, va girando describiendo un arco, y se dirige de nuevo al asfalto.

- ¡Está volviendo! ¡Está volviendo!
- Sí, parece que al final no nos vamos a morir.
- Vaya, sí que tenemos suerte, tú y yo.

12 Septiembre 2009

Escrito el: 12 sep 2009 @ 09:58 AM

Tags: castillo

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No era México, eso seguro

La vida pasaba igual que si la escribiera Roberto Bolaño. Éramos tres, que a veces eran dos, que a veces no éramos nadie. Todos los días hacíamos lo mismo, en eternas vacaciones de verano. Cuando el calor apretaba buscábamos un toldo, pedíamos una cerveza. Recuerdo no cambiarme de ropa en varios días, y también las risas agotadas. Entonces tú y yo empezamos a comprender. Quisimos dejar todo lo que estábamos haciendo, y quedarnos allí, sí, pero de otra forma. Queríamos ser tú y yo. No sé qué pasó con el tercero. Desapareció sin más, no nos preocupamos por buscarle. Una señora nos dijo que cualquier casa que viéramos cerrada, sin dueño, podíamos quedárnosla. Qué tranquilidad. Y nos sentábamos en el acantilado de arena y no teníamos ningún miedo. El agua del mar tenía aumentos y desde lo alto podíamos ver cómo los peces se hacían grandes, se acercaban y parecía que los podías coger. Te concentrabas en una sección del agua y era como una pantalla de cine, ocupando todo tu campo de visión. Así que alargábamos las manos y hacíamos como que cazábamos y nos reíamos.

Teníamos todo lo de valor en una caja envuelta en tela. El mar empezó a revolverse, las olas eran gigantes, como de ciencia ficción. A nadie parecía asustarle. Nada podía pasarnos en nuestro acantilado de arena. Pero sí que pasó. Vino el agua de golpe, yo me deslicé como pude hacia donde estaba nuestra ropa y cuando el mar la arrastró, en un alarde de destreza y reflejos, la agarré a tiempo. Era como si se multiplicaran los brazos y se aceleraran mis movimientos. Tú ya te habías clavado con los brazos a la arena y yo me agarré a tu culo. Recuerdo cómo me sonreías y lo ligera que me sentía así, sin apenas esfuerzo. La caja envuelta en tela se la tragó el mar. Nada me parecía imprescindible ya. Cuando la ola gigante ya se iba me dijiste "ten cuidado con la resaca" y cuando tiró de nosotros hacia dentro, elegí tragar un poco de agua, con calma, pensando que sería bueno para poder salir después.

Luego siguió un proceso algo más aburrido, para ponernos las vidas en marcha. Conseguimos un coche y recogíamos a gente, preguntábamos en gasolineras, parábamos a descansar cada poco tiempo. Y te cruzabas con familias enteras y con gente que se acababa de conocer y todos estaban medio desnudos, desorientados y felices.

23 Agosto 2009

Psicosis

¿Puede estallarle la cabeza a una persona de 27 años que nunca ha tenido un trabajo que requiriera un esfuerzo apenas considerable en lo intelectual? ¿Puede una mujer -qué raro suena- de 27 años sentirse momentáneamente desolada? Es más grave de lo que parece. O al revés. Ya no sé lo que es grave. Al final me torturo diciendo que además es una tontería. Sé que he llorado panza arriba como si me estuvieran arrancando algo, a oscuras. Sé que he visto la cara del diablo aquí mismo. En esta pantalla. Me cegaba y me atrapaba y no me podía levantar de la silla. Y este maldito calor. Y este ventilador. Y el agua tibia que me bebo como un autómata. Y las persianas cerradas, conmigo dentro.

Me he dejado llevar por mi locura, un poco, esta vez. Los llantos, el bikini, bajar andando. Me he hecho la muerta un rato y he fantaseado con varias cosas. Con miradas curiosas desde las ventanas que se asombran o se asustan o sospechan; con vecinos que ocultan crímenes -y que lo están cometiendo justo ahora, si afilas el oído puedes oír los gritos- y cadáveres despiezados en sus casas; con el temor silencioso a las criaturas -también silenciosas, y creo que no tienen ojos- que habitan debajo de los sumideros de las piscinas. El silencio, unas palomas que vuelan hasta alejarse, los motivos que tendrán para hacerlo. Recojo un diente de león del agua, lo deposito fuera. Al otro lado de la piscina, recojo otro. Y otro. Soy un trailer de una película de misterio sueca. Al otro lado parece que hay algo de tráfico. Impaciencia. Me veo perseguida por fuerzas inexplicables hasta el fondo. Es el mismo temor de cuando era pequeña. ¿Pueden los temores gobernarte con 27 años? ¿Puedes ahogarte sin tragar una gota de agua?

Subir paso a paso los tres pisos y al llegar, notar cierta resistencia de mi casa a que yo entre.

8 Julio 2009

Arenilla

Hay veces, muchas veces, en las que se me despega misteriosamente y sin remedio la cabeza del cuerpo. Esas veces, muchas veces, suelen venir acompañadas (aunque no siempre) de un evento que sirve de disparador espontáneo. Puede ser un concierto en el que oyes con los poros y tocas las palabras (o viceversa), y a golpe violento de bombo se van desatando los hilos invisibles que hacen que cabeza y cuerpo estén unidos; o puede ser un paseo por mitad de la calle (mejor cuesta arriba, está demostrado, porque todos los movimientos los controlas tú, mientras que cuesta abajo te dejas caer, caer y caer, con el dolor de rodillas correspondiente), una calle de siempre, pero que en un día concreto te resulta distinta y perfecta para dejar que el globo se escape, que vuele sin rumbo aunque siempre en dirección contraria al suelo, ese mismo suelo que pisas y del que se levanta esa suave, casi imperceptible, nube de polvo.

7 Julio 2009

Mío

Lo primero fue la vergüenza. Estaba en un sitio nuevo, muchísima gente, todos se conocían y se hacían broma y yo en un lado, con mi carpeta llena de cosas. La carpeta estaba tan llena que se había combado (sobre todo porque el tamaño de los papeles que tenía dentro eran de muy variado tamaño), y al corte vertical tenía forma de ojo. De ojo mustio en realidad. Alguien me quitó la carpeta y cuando llegó el profesor, ése al que todos admiraban, me pilló discutiendo y tratando de recuperarla. Me puse muy nerviosa. Todo el mundo miraba y yo sólo quería mi carpeta. Mientras el profesor nos ignoraba voluntariamente, alguien (el mismo alguien) abrió la carpeta y empezó a cantar lo que iba encontrando. Desveló, uno a uno, todos mis tesoros. Las cosas que sólo yo sé por qué guardo. Mis cosas. Entonces solté un grito, o quizá di un golpe, no lo recuerdo. Todo el mundo guardó silencio y el profesor me clavó una mirada severísima. Tengo difuso el recuerdo de lo que pasó, de la bronca o el castigo, pero sé que al final hicieron como si nada y el profesor se acercó a mí, con la carpeta en la mano para devolverla. y me dijo que no fuera tonta, que en él podía confiar todo el mundo. La carpeta había sido violada por todas sus ranuras y vomitaba restos por los costados.

Lo segundo fue la tristeza. La más profunda que he visto. Recibía un paquete grande, y dentro contenía una encuadernación con tapas de plástico y hojas de distintas texturas, como de doble folio o menos. Había una carta, sincera, esperada, en la que se ponían puntos sobre íes que ya sé donde van de sobra, o quizá no lo sepa, pero casi seguro que sí. La carta me hizo llorar. Alguien estaba conmigo, creo que era la niña. Mi niña querida, que esperaba paciente a mi lado, con la mano cerca para darme apoyo si hacía falta. La encuadernación contenía dentro toda mi historia. Una historia concreta. Supe recuperar a nivel inconsciente recuerdos que de alguna manera había enterrado. Al despertar han desaparecido todos, por supuesto. Los he intentado poner en pie pero se escapaban rápido, a la velocidad exacta a la que también se escapaba el llanto desesperado y explosivo, que me ha durado mucho más de lo que ha durado el sueño.

5 Julio 2009

Sentada de espaldas

En la boca del estómago, en las piernas y en las agujetas fantasma, ahí está la tristeza pegajosa, la de pasar calor. La de ir en el autobús y pasar por esa calle de siempre, y verla distinta a la sombra, y ver los brazos de los conductores al volante, y pensar en mí dentro de un coche, de otro coche. Tristeza plana, como una losa fina, que destapo a mi antojo o me destapan con soltura, pero a ratos -indudablemente- está encima, tapando la luz del día, haciendo que caminar entre árboles se traduzca en nostalgia poco elocuente, cuando podría traducirse en una enorme sonrisa y pecho adelante. Tristeza absurda, pero aceptada. La que no sé si puedo explicar o si no me da la gana.