La vida pasaba igual que si la escribiera Roberto Bolaño. Éramos tres, que a veces eran dos, que a veces no éramos nadie. Todos los días hacíamos lo mismo, en eternas vacaciones de verano. Cuando el calor apretaba buscábamos un toldo, pedíamos una cerveza. Recuerdo no cambiarme de ropa en varios días, y también las risas agotadas. Entonces tú y yo empezamos a comprender. Quisimos dejar todo lo que estábamos haciendo, y quedarnos allí, sí, pero de otra forma. Queríamos ser tú y yo. No sé qué pasó con el tercero. Desapareció sin más, no nos preocupamos por buscarle. Una señora nos dijo que cualquier casa que viéramos cerrada, sin dueño, podíamos quedárnosla. Qué tranquilidad. Y nos sentábamos en el acantilado de arena y no teníamos ningún miedo. El agua del mar tenía aumentos y desde lo alto podíamos ver cómo los peces se hacían grandes, se acercaban y parecía que los podías coger. Te concentrabas en una sección del agua y era como una pantalla de cine, ocupando todo tu campo de visión. Así que alargábamos las manos y hacíamos como que cazábamos y nos reíamos.
Teníamos todo lo de valor en una caja envuelta en tela. El mar empezó a revolverse, las olas eran gigantes, como de ciencia ficción. A nadie parecía asustarle. Nada podía pasarnos en nuestro acantilado de arena. Pero sí que pasó. Vino el agua de golpe, yo me deslicé como pude hacia donde estaba nuestra ropa y cuando el mar la arrastró, en un alarde de destreza y reflejos, la agarré a tiempo. Era como si se multiplicaran los brazos y se aceleraran mis movimientos. Tú ya te habías clavado con los brazos a la arena y yo me agarré a tu culo. Recuerdo cómo me sonreías y lo ligera que me sentía así, sin apenas esfuerzo. La caja envuelta en tela se la tragó el mar. Nada me parecía imprescindible ya. Cuando la ola gigante ya se iba me dijiste "ten cuidado con la resaca" y cuando tiró de nosotros hacia dentro, elegí tragar un poco de agua, con calma, pensando que sería bueno para poder salir después.
Luego siguió un proceso algo más aburrido, para ponernos las vidas en marcha. Conseguimos un coche y recogíamos a gente, preguntábamos en gasolineras, parábamos a descansar cada poco tiempo. Y te cruzabas con familias enteras y con gente que se acababa de conocer y todos estaban medio desnudos, desorientados y felices.