No es ningún secreto, yo creo, para quien me conozca un poquito, que echo de menos esto. Palabras, mías y de otros, palabras regaladas, envueltas y trabajadas con ligereza. Escribir, que me escriban. El puñetero protagonismo agónico. No consigo averiguar por qué es tan importante. Ni por qué me obsesiona tanto la carencia, la impotencia, el silencio. Me observo desde fuera y me veo capaz de mil cosas, acompañada de ejércitos dentro y fuera. Leo en una entrevista eso de que un hombre feliz no puede ser escritor y pienso en todas las coincidencias. En cómo nos llegan textos acordes, o los hacemos nuestros, como nos conviene.

Eso y lo de mis uñas, que últimamente voy a peor. En un ciclo ultradestructivo, cuando están listas las devoro, arrancando trozos enteros de piel, pedazos de carne de verdad, mordiendo al límite, hasta que me duelen las comisuras de los dedos. Me da tanto placer que durante ese día sólo pienso en eso. Estoy concentrada en el canibalismo, me entrego. Luego me toca esperar pacientemente a que se regeneren, con cierta picazón, con el escozor de quien no tiene qué llevarse a la boca. Para luego volver a empezar, con el ansia, la compulsión, el hambre y la insatisfacción.

Tengo pesadillas, salteadas. Dos o tres por semana. Quizá menos. Se trata de un goteo constante de nervios, miedos soterrados, inquietudes sutiles, estrés manifiesto. Y ya ves, que nada es para tanto. Esta noche iba a montar las fotos en las paredes y me faltaban pedazos de algunas, las dimensiones no eran correctas, había retratos que no eran míos. Iba a una tienda a que me hicieran de nuevo las copias y me decían con toda tranquilidad que habían cerrado el ordenador. Para siempre.

"Eso es que hay algo más que cansancio", me dijiste anoche. Sí, debe haber algo más, mucho más incluso. Pero igual que me sobran las palabras también sucede que estoy cansada de hablar.